En una hermosa mañana de otoño, puedo verlo todo con más calma, aunque me encuentro ante la misma pregunta, que no tiene respuesta, que es un sentimiento, que no puede ser explicado. Pero ahora no me parece tan... urgente quizás.
Después de dos noches enteras sin dormir, tan sólo escribiendo poesía, deseando no volver a escribir nunca más, pero sonriendome amargamente al pensarlo, sabiendo que eso sería imposible.
Después de haber continuado la eterna historia del Tea tree oil, tan importante para mi, tan estúpida de contar, tan carente de sentido, y tan necesaria para entender mi vida.
Tras encontrar anotaciones en un libro releído una y mil veces.
Tras conmoverme con una epístola de la que yo no era destinataria.
Escuchando patéticas, sinfonías, y segundos movimientos sin haberme dignado a escuchar las primeras partes.
Viviendo sin vivir, pues adolezco de la mortal enfermedad de estar viva.
Y no sé cómo sentirme al respecto, puesto que desde que sin afán de búsqueda, con desgana y lentos dedos palpando las formas del mundo reencontré aquello, tan insignificante a ojos de cualquiera, tan intexpresable en palabras, tan estúpido y carente de sentido. Desde entonces la vida se desmorona a cada paso que doy, con un único deseo, con un único sentido, con una locura incontenible.
Siguiendo flechas que no puedo alcanzar. Esperando al tiempo, al espacio, a la apatía, pues la emoción es demasiado insoportable cómo para seguir viviendo si he de abandonarla.
Y si no puedo dar rienda suelta mi deseo, ni tampoco dejar a mis lagrimas fluir. Entonces no quiero ésta vida. Porque el anhelo es más grande que la esperanza y que el miedo.
Pero en una mañana de Otoño decido cargar de nuevo mi mochila e ir a hablar con en atardecer desde lo alto de una montaña, espero reencontrarme con mis lagrimas, que me han abandonado. Espero que mi pecho pueda volver a albergar el amor sin sufrir. Y dejaré al designio de la noche la elección de si volveré o no.
No hay comentarios:
Publicar un comentario