Viajar es una necesidad vital al igual que respirar, pero no es simplemete eso, además de todo el royo de expandir tu mente o cualquier otra cosa atribuida a viajar hay mucho más.
Es esa llamada, esa atracción... es el camino, te avisa, te llama, te atrae, te seduce, te rapta y ya no te deja marchar nunca más. No puedes negarte, no puedes escapar, una vez empiezas, ya no hay marcha atrás.
Los viajes son amantes exigentes, no cabe la pereza o el vagueo en ellos. Requieren de paciencia incluso de algunos sacrificios.
Cuando digo viajar obviamente no me refiero a el simple movimiento de traslación de un ser humano.
Viajar no es moverse del punto A al punto B ¡NO!
Viajar es perderse, es perderse en un enorme mundo es cada detalle del camino es vida, una vida llena de riesgos pero ¿que es la vida sino?. Viajar es perderse en el mundo para encontrarse a uno mismo.
Cuando estas perdido en el mundo ya sea solo o acompañado, es entonces cuando te encuentras a ti mismo, es entonces cuando las preguntas que desquician la vida diaria toman forma y al menos sabes ya que es lo que no te deja vivir aunque no tengas respuestas, tambien tienes respuestas, a lo mejor no las que esperabas, y lo que es más tienes más preguntas aun, pero eso es lo más hermoso de todo, que todo cambia, y cuando vuelvas, si es que tienes un lugar al que volver, nunca nada será igual.
Ver y no solo ver sino sentir pues los ojos no son capaces de capturar ni siquiera brevemente la inmensidad de la belleza de la esencia de cada uno de los lugares que no sólo se muestran ante mis ojos sino que entran en mi calandome bien hondo, y es que es el aroma, el lugar, la mimetización con el entorno, es el todo. Quizás otros no vean mas que la nada en los paisajes desoladores o entre la vejetación tan espesa que nos ciega, pero nos abre al ser.
El mundo es hermoso y bueno, y aunque a veces veamos la asquerosa podredumbre que nos rodea, forma parte de su no ser, no de la conciencia del uno.