Lord Henry comenzó de nuevo con su fascinante parloteo. Aun no se de que artimañas se vale para engatusarme pero siempre que comienza con su incansable bla bla bla bla bla bla bla bla bla, termino asintiendo a sus inmorales discursos, completamente fascinada y subyugada por el.
y bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla...
y yo solo puedo pensar ¡oh Dios! Sublime hombre, malvado engatusador! ¿como puedo escapar de la fascinación que me creas? Es inevitable amarte, ¡realemete inevitable!... la belleza del orden de tu inagotable discurso, la belleza de cada palabra, la impresión de cada idea, el hilarante aunque malevolo sentido de todo lo que expresas.
Es cierto que los narcisistas y los egolatras me fascinan. alguien que se ama tanto a si mismo, ha de hacerlo por algo ¿y quién pasa consigo más horas que él mismo?, yo se que ilusa en potencia y certera en acto no puedo hacer más que tratar de descubrir ese algo, dejándome subyugar por ese marnífico mundo que los grandisimos egolatras oradores crean para su propio placer, que también a mi me absorve.
Lord Henry ¿cómo es posible que me hagas dudar de mis propios principios?, siempre termino absorta en tu perspectiva particular hasta olvidarme de la mia.
¡Malvado genio! ¿que clase de filtro amoroso utilizas para subyugarme?
¡ah! ¡ya lo se! la palabra.
La palabra es bella, y con ella me fascinas.
Sí, la palabra es bella pero la juventud lo es más.
Y yo con mi efimera pero rebosante juventud te fascino más de lo que desearías, postrado ante mí, no te queda otra arma, que tu maravillosa palabra, pero querido seductor, solo tratas de seducirme porque tu ya quedaste seducido, preso de la belleza de mi juventud.
Y es así como en aquel moemento me di cuenta de que, del mismo modo en que estoy yo subyugada a la belleza de tus palabras, estás tú subyugado a la belleza de mi juventud. Iguales ante el yugo de la belleza.
Oh Lord Henry, sigue por favor con tu magia, sigue creando esas palabras, en las que anonadada me quedo, mientras sabes que todo ese discurso más que por el pacer de escucharte a ti mismo (placer que ha de ser enorme) es por el placer de observarme cuando consiguen embelesarme.