Cólera, ira, agresividad... cuando la fuerza de estas pasiones ciegas guia los actos humanos sólo puede acabar en catástrofe. La tragedia se cierne sobre nosotros y ella cómo un gigante puño de justicia aplasta nuestras almas que ya de por sí están bastante oprimidas.
Este mito está llegando a su fin y se define ya cómo tragedia en lugar de comedia.
la vida siempre oscila entre la comedia y la tragedia. Pero este personaje se ha cansado ya de los chistes malos.
La fuerza de las pasiones calientes nos impide morir, si se mezclan con la razón terminan en locura además de catástrofe, si se mezclan con el amor se templan, pero si se mezclan con la frialdad llevan al drama. Estoy demasiado fria para templarme, demasiado caliente para ser racional. No pierdo las fuerzas pero estas se me congelan y lo único seguro es que no puedo ver.
Hoy no estoy nivelada, pero a no llegaré jamás a la templanza a si que sólo queda una solución: extirpar lo que sobra.
El lugar dónde algunos de los pensamientos que pueblan mi mente, dejan constancia, aunque sea de manera desordenada e incoherente.
miércoles, 21 de noviembre de 2012
sábado, 17 de noviembre de 2012
Otoño
El otoño es la época de los corazones solitarios. De las almas melancólicas. Los bosques se llenan de color en esta época del año. De hecho resulta curioso cómo son precisamente los colores cálidos lo que anuncia la llegada del frío invierno.
Los solitarios caminantes de ojos hundidos pasean sin rumbo y con la mirada perdida, mirando sin ver, oyendo sin escuchar.
Me gusta el frío, me siento en mi lugar con él. Me siento viva. y siento mi cuerpo a través de él.
Los largos y oscuros abrigos, comienzan a sustituir a los explosivos colores del verano y de la primavera. Igualándonos a todos, sumiendonos en el frío, en lo gris, en la melancolía. La espera o quizá el miedo de que el invierno llegue de una vez, de que no volvamos a sentir el calor en mucho tiempo, es lo que nos roba la sonrisa y nos detienes hermosamente en el instante previo a la depresión.
Aunque los transeúntes pasean con la mirada perdida y el alma dolorida, aunque la gente no sonríe y se limite a intentar contener el bao que produce el frío, a pesar de todo ello la llama de la calidez de los mantos de los arboles nos mantiene calientes.
Las hojas caen y arrastradas suave y delicadamente por el viento se depositan en el suelo, cómo fantasmas arrastrados por el viento viajan de un lado a otro y cómo cadáveres inmóviles se quedan bajo nuestros pues una vez comience la lluvia, porque pronto, pronto vendrá la lluvia.
Aunque el sol salga cada mañana este ya no nos calienta. y pese a ello no hay nada más hermoso que las soleadas y frías mañanas de otoño.
Aun y con todo, no puedo evitar amar el otoño, es esta de todas las estaciones la que más amo, y no sólo por su hermosura, no son sólo los árboles y el delicioso aroma a castañas asadas lo que me atrae de él. Tampoco es la melancolía, y el dolor que tan familiar me es y que tanto necesito para vivir. No es sólo eso.
Todo lo que nació en primavera llega a su ocaso, todo muere, llega a su cenit y por tanto a su final, el otoño es la más anciana de todas las estaciones, ya que el invierno está ya muerto y por tanto no le queda nada considerado cómo vida. Y la certeza y la visión de la muerte es más dolorosa que la muerte en sí.
El otoño es por tanto momento para la reflexión, para la preparación ante la muerte, para la melancolía y para que todo muera dejando así paso a lo nuevo para que pueda volver a renacer.
Y aquí estoy yo. reflexionando, melancólica, asesinando con fuerza, y dejando morir. intentando aferrarme a la vida pero con la certeza de que esta ya ha llegado a su fin. Lo que surgió en primavera ha de morir. Y curiosamente me da fuerzas. Me siento renacida. más fuerte y enérgica que nunca, más libre que nunca. Nada me ata. He renacido y ahora voy a volver a vivir.
Los solitarios caminantes de ojos hundidos pasean sin rumbo y con la mirada perdida, mirando sin ver, oyendo sin escuchar.
Me gusta el frío, me siento en mi lugar con él. Me siento viva. y siento mi cuerpo a través de él.
Los largos y oscuros abrigos, comienzan a sustituir a los explosivos colores del verano y de la primavera. Igualándonos a todos, sumiendonos en el frío, en lo gris, en la melancolía. La espera o quizá el miedo de que el invierno llegue de una vez, de que no volvamos a sentir el calor en mucho tiempo, es lo que nos roba la sonrisa y nos detienes hermosamente en el instante previo a la depresión.
Aunque los transeúntes pasean con la mirada perdida y el alma dolorida, aunque la gente no sonríe y se limite a intentar contener el bao que produce el frío, a pesar de todo ello la llama de la calidez de los mantos de los arboles nos mantiene calientes.
Las hojas caen y arrastradas suave y delicadamente por el viento se depositan en el suelo, cómo fantasmas arrastrados por el viento viajan de un lado a otro y cómo cadáveres inmóviles se quedan bajo nuestros pues una vez comience la lluvia, porque pronto, pronto vendrá la lluvia.
Aunque el sol salga cada mañana este ya no nos calienta. y pese a ello no hay nada más hermoso que las soleadas y frías mañanas de otoño.
Aun y con todo, no puedo evitar amar el otoño, es esta de todas las estaciones la que más amo, y no sólo por su hermosura, no son sólo los árboles y el delicioso aroma a castañas asadas lo que me atrae de él. Tampoco es la melancolía, y el dolor que tan familiar me es y que tanto necesito para vivir. No es sólo eso.
Todo lo que nació en primavera llega a su ocaso, todo muere, llega a su cenit y por tanto a su final, el otoño es la más anciana de todas las estaciones, ya que el invierno está ya muerto y por tanto no le queda nada considerado cómo vida. Y la certeza y la visión de la muerte es más dolorosa que la muerte en sí.
El otoño es por tanto momento para la reflexión, para la preparación ante la muerte, para la melancolía y para que todo muera dejando así paso a lo nuevo para que pueda volver a renacer.
Y aquí estoy yo. reflexionando, melancólica, asesinando con fuerza, y dejando morir. intentando aferrarme a la vida pero con la certeza de que esta ya ha llegado a su fin. Lo que surgió en primavera ha de morir. Y curiosamente me da fuerzas. Me siento renacida. más fuerte y enérgica que nunca, más libre que nunca. Nada me ata. He renacido y ahora voy a volver a vivir.
jueves, 1 de noviembre de 2012
La chica del acantilado.
Gotas. Cuando un gota de lluvia cae, ya sea de manera leve, o de manera torrentosa creando lagos y riachuelos por toda la ciudad al caer se rompe en cientos de de gotitas que luego vuelven a unirse, o cae a un charco y su contenido se disipa por todo él uniéndose a todas las gotas que cayeron antes que ésta.
Pasa lo mismo con las cafeteras y su incesante goteo. También le pasa a la chica del acantilado.
He descubierto cómo todos lo días la chica de los rizos sube hasta el acantilado y cuando llega al borde rompe a llorar. La primera vez que la vi pensé que se tiraría, pero no lo hizo y todos lo días cumple religiosamente con este ritual. Cuanto más llueve y más bravía es la mar más llora y no se deja consolar.
No se que significa ese lugar para ella, ni se porque todos lo días hace esto, a menudo me pregunto ¿por que nadie se acerca a consolarla? pero todos lo días me encuentro a mi misma pasando de largo. O observandola desde la lejanía sin atreverme a acercarme.
No se porque llora. Tiene que ser increíble ser una lágrima, una gota de agua que desde el acantilado se una a la inmensidad del mar. Creo que ella se siente así, creo que ir al acantilado es cómo convertirse en esa gota. La soledad en estado más puro y de nuevo la reinserción en el bullicio de la ciudad. volar durante un breve instante para volver a formar parte del todo. Algo así cómo la muerte.
Todos lo días paso por el acantilado para ver si está y me gusta imaginar historias sobre su vida. "quizá la belleza del espectáculo marino la abrume y por eso llora" "quizá alguien zarpó dejándola a ella sola" "quizá recuerde un momento pasado de su vida cunado vivía en un barco" "quizá alguien murió en ese acantilado" "quizá..."
Todos lo días me prometo que iré a hablar con ella, pero nunca lo cumplo. No sabría que decirle, por dónde empezar, ni siquiera que esperar. Y al igual que yo cientos de personas ven a diario a gente llorando por las ciudades y no hacen nada, y no saben que hacer. pero cuando ves a alguien así no sabes actuar, e incluso aunque esta persona te contase que es lo que le causa semejante dolor estas seguro de que toda la palabrería de libro de auto ayuda no sirve para nada y sabes que puedes pasar a ser la próxima chica del acantilado.
Y yo que me paso el día entre libros cual rata de biblioteca y en todas las historias he visto miles de desenlaces diferentes y opciones de resolución para situaciones así, se que no conseguiría convencer a la chica del acantilado de nada y que probablemente yo sería la próxima chica del acantilado.
Me da la sensación de conocer a la chica del acantilado, son ya tantas las historias que en mi mente ha protagonizado. "la viuda del capitán" o "la amiga del suicida".
Hace dos días antes de que la chica llegara había una carta en el acantilado, ella la abrió y la leyó, y sonrió y desde entonces aunque va al acantilado ya no llora así que yo he dejado de mirarla.
quizás la carta fuese de un conocido y le ha traído las noticias que esperaba que el mar le revelase, quizás la carta ha sido de un completo desconocido cómo yo que harto de verla llorar ha decidido dedicarle unas palabras. No lo sé.
Hoy he ido al acantilado y la chica no estaba.
El mar es hermoso y crea sobre nosotros un influjo del que no podemos escapar, sobre todo cuando al atardecer las nubes son de color naranja.
Hoy cuando he observado la inmensidad del mar y del mundo desde el acantilado he roto a llorar, sin motivo alguno. pero eran lágrimas llenas pues yo no me sentía vacía por dentro, eran lágrimas de reflexión.
y pensaba en el amor que sentía hacía el naranja, hacia las nubes naranjas, hacia las hojas que en otoño se ponen naranjas, y también he pensado en el agua, en las gotas de lluvia, en las gotas que el mar salpicaba, en las gotas que brotaban de mis ojos.
Creo... Creo que mañana volveré al acantilado...
Pasa lo mismo con las cafeteras y su incesante goteo. También le pasa a la chica del acantilado.
He descubierto cómo todos lo días la chica de los rizos sube hasta el acantilado y cuando llega al borde rompe a llorar. La primera vez que la vi pensé que se tiraría, pero no lo hizo y todos lo días cumple religiosamente con este ritual. Cuanto más llueve y más bravía es la mar más llora y no se deja consolar.
No se que significa ese lugar para ella, ni se porque todos lo días hace esto, a menudo me pregunto ¿por que nadie se acerca a consolarla? pero todos lo días me encuentro a mi misma pasando de largo. O observandola desde la lejanía sin atreverme a acercarme.
No se porque llora. Tiene que ser increíble ser una lágrima, una gota de agua que desde el acantilado se una a la inmensidad del mar. Creo que ella se siente así, creo que ir al acantilado es cómo convertirse en esa gota. La soledad en estado más puro y de nuevo la reinserción en el bullicio de la ciudad. volar durante un breve instante para volver a formar parte del todo. Algo así cómo la muerte.
Todos lo días paso por el acantilado para ver si está y me gusta imaginar historias sobre su vida. "quizá la belleza del espectáculo marino la abrume y por eso llora" "quizá alguien zarpó dejándola a ella sola" "quizá recuerde un momento pasado de su vida cunado vivía en un barco" "quizá alguien murió en ese acantilado" "quizá..."
Todos lo días me prometo que iré a hablar con ella, pero nunca lo cumplo. No sabría que decirle, por dónde empezar, ni siquiera que esperar. Y al igual que yo cientos de personas ven a diario a gente llorando por las ciudades y no hacen nada, y no saben que hacer. pero cuando ves a alguien así no sabes actuar, e incluso aunque esta persona te contase que es lo que le causa semejante dolor estas seguro de que toda la palabrería de libro de auto ayuda no sirve para nada y sabes que puedes pasar a ser la próxima chica del acantilado.
Y yo que me paso el día entre libros cual rata de biblioteca y en todas las historias he visto miles de desenlaces diferentes y opciones de resolución para situaciones así, se que no conseguiría convencer a la chica del acantilado de nada y que probablemente yo sería la próxima chica del acantilado.
Me da la sensación de conocer a la chica del acantilado, son ya tantas las historias que en mi mente ha protagonizado. "la viuda del capitán" o "la amiga del suicida".
Hace dos días antes de que la chica llegara había una carta en el acantilado, ella la abrió y la leyó, y sonrió y desde entonces aunque va al acantilado ya no llora así que yo he dejado de mirarla.
quizás la carta fuese de un conocido y le ha traído las noticias que esperaba que el mar le revelase, quizás la carta ha sido de un completo desconocido cómo yo que harto de verla llorar ha decidido dedicarle unas palabras. No lo sé.
Hoy he ido al acantilado y la chica no estaba.
El mar es hermoso y crea sobre nosotros un influjo del que no podemos escapar, sobre todo cuando al atardecer las nubes son de color naranja.
Hoy cuando he observado la inmensidad del mar y del mundo desde el acantilado he roto a llorar, sin motivo alguno. pero eran lágrimas llenas pues yo no me sentía vacía por dentro, eran lágrimas de reflexión.
y pensaba en el amor que sentía hacía el naranja, hacia las nubes naranjas, hacia las hojas que en otoño se ponen naranjas, y también he pensado en el agua, en las gotas de lluvia, en las gotas que el mar salpicaba, en las gotas que brotaban de mis ojos.
Creo... Creo que mañana volveré al acantilado...
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