martes, 12 de junio de 2012

Pecando, redimiendome.

¿que sucede cuando tú propia redención es tú propio pecado? No conseguiré jamás salir de éste circulo vicioso en el que aquello que me redime es aquello que me destruye, y caeré eternamente, al mismo tiempo ésto me hace impermeable, invencible, intocable.
Y una vez más, y vuelvo a caer, y me vuelvo a dejar ir, y camino decidida, y huyo al mismo tiempo, y me arrastra, y me guía. Porque ésto llena de asquerosa podredumbre mi ser, pero al mismo tiempo es el único modo de sobrevivir a ello.
Y una vez más para poder sobrevivir, y una vez más para seguir cayendo, y una vez más para poder soportarlo, y una vez más para poder redimirme y una vez más para decir ya basta, y una vez más para decir que sigo deseandolo, y de nuevo me lo impongo, y de nuevo huyo, y de nuevo lo deseo y de nuevo me asquea.

Y no comprendo el mundo, y dejo que él me modele, cómo el escultor de la calle tres con su hermosa virgen de barro, y amo el fluir, cómo si eternos ríos de caudalosa agua cayeran hermosamente en casacada sin atender a la gravedad, y al mismo tiempo lo odio, y me odio, y desearía acabar con todo, pero no merece la pena y nadie comprende mi obra.

Amo y odio el mundo, el mundo es un lienzo en blanco y yo estoy aquí para pintarlo, pero odio mi obra, cuan artista torturado que se dedica a quemar sus poemas hechos ya añicos. Mi único Dios es el caos, es a él al único a quien le debo lealtad.

Y miro el fuego, enciendo, apago y veo la las hogueras consumirse, y veo al fuego moribundo, y no lo alimento así que le dejo morir.

Pero somos fuertes, soy fuerte y no caeré jamás, todo se sostendrá, yo lo sostendré si es necesario, y si te vencen puedes apoyarte en mi, que seré yo quien te devuelva a la vida, insuflando de nuevo el aliento de vida en tus pulmones.

Si tu caes, y no consigo sostenerte, no derramaré ni una sóla lágrima, no te prometeré nada, en silencio te dejaré marchar, y seguiré luchando por mi.
Agarrando tu cadaver entre mis brazos, callaré cualquier lamento, cualquier grito, te cerraré los ojos, sentiré la lluvia y sentiré su tacto en mi helada piel por ambos. Y me marcharé.

Si yo caigo, no me darás la mano, no sufriras por mi. Gritaras, te arrancaras la pies a tiras, pero tampoco me dajarás irme, mientras sostienes una de mis manos agarraras mi daga cuidadosamente y apoyandola suavemente sobre mi pecho, acabaras con todo, y yo me dejaré mecer por los justos brazos de la muerte, que no hace distinciones, y nos trata a todos por igual. Pero tu te quedarás.

Pero mientras tanto seguiré pecando, y seguiré cayendo, y seguire siendo tu apoyo, y seguiré odiando y seguiré amando, y seguiré asombrandome, y seguiré saltando, y seguiré rogando, y seguiré suplicando y seguiré muriendo y seguiré viviendo.

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