Otra vez he tenido es sueño, ese sueño delirante, que no se ya si es sueño, sensación o recuerdo.
Es Arizona, pero más que Arizona es el camino, que me llama de nuevo, sólo que tengo la certeza de que este me espera ansiosamente y de manera continuada.
Una gran y enorme carretera dónde la linea que marca el horizonte corta absolutamente por la mitad el narnaja de la tierra con el azul del cielo. Kilómetros y kilómetros de interminable paisaje desértico con el viento golpeandome el rostro mientras conduzco quien sabe que cacharro ruidoso. Un cactus, una piedra un camino una sóla persona y nada más. El calor y el humeante asfalto casi me causan alucinaciones, pero ya suficiente alucinación es estar surcando el desierto.
En la radio suena Santana, y ¿que voy a hacer salvo seguir conduciendo?, lo mejor llega al atardecer, el frio empieza a molestar la sensibilidad de cualquier desafortunado que no cuente con una bufanda, la bufanda amarilla que la mexicana Carmelita me regaló va a salvarme la vida. La puesta de sol provoca kilométricas sombras en el paisaje completamente naranja, sigo mirándolas y mirándolas, fundiéndome con ellas. También es hora de las vivoras, así pues cuando el sol termine de ponerse tendré que dormir sobre el cacharro que conduzco aunque se que no lo lograré pues la visión sin obstáculos de la luz de las estrellas estrujará mi ser sin dejarle apenas respiración ni fuerzas para perder la conciencia.
Antes de que el sol comience a salir vuelvo al volante, no tengo prisa pero no quiero dejar este momento nunca, por lo que en una acto pasional sin justificación alguna grito y me siento libre y lloro y se acabó porque es aquí dónde siempre despierto con una gran exhalación y una sonrisa en los labios. Arizona tengo una cuenta pendiente contigo.
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